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1 m/s = 2,23693629205 mph
Escribe un valor y la conversión de metro por segundo a milla por hora se actualiza mientras tecleas. El factor es exactamente 2,23693629205: eso es lo que corresponde en mph a 1 m/s. El cálculo se hace en tu propio dispositivo; después de cargar, esta página no vuelve a consultar ningún servidor.
343 m/s is 767,3 mph
— la velocidad del sonido en el aire a temperatura ambiente.
10 m/s is 22,37 mph
— un velocista de nivel mundial a pleno rendimiento.
31,29 m/s is 70 mph
— el límite en autopista en el Reino Unido.
13,41 m/s is 30 mph
— un límite británico dentro de ciudad.
| m/s | mph |
|---|---|
| 1 | 2,23693629205 |
| 2 | 4,47387258411 |
| 3 | 6,71080887616 |
| 5 | 11,1846814603 |
| 10 | 22,3693629205 |
| 20 | 44,7387258411 |
| 50 | 111,846814603 |
| 100 | 223,693629205 |
Convertir m/s a mph
El metro por segundo es la unidad del SI y la medida de la física. Por eso aparece en las mediciones de viento y en casi nada de lo que mira un conductor.
La milla por hora es la medida de carretera de Estados Unidos y el Reino Unido, una pareja poco frecuente: los británicos miden la velocidad en millas y prácticamente todo lo demás en unidades métricas.
El factor es 2,236936, y casi nadie lo lleva encima. Redondeado a 2,2 se desvía un 1,7 %, que pasa desapercibido en cifras pequeñas y se convierte en una unidad entera alrededor de 100 m/s.
Ese es el dato que interesa antes de redondear: no el error en sí, sino a partir de dónde deja de ser despreciable. Por debajo de ahí el factor corto es el sensato; por encima, usa el campo de arriba, que no redondea hasta el momento de escribir el resultado.
Una velocidad es una distancia partida por un tiempo, así que pasar de metro por segundo a milla por hora convierte las dos cosas, y las dos correcciones se contrarrestan. Por eso el factor es 2,236936 y no ninguno de los números que saldrían mirando solo la distancia.
También explica por qué el resultado despista la primera vez. Agrandar la unidad de distancia debería encoger la cifra y agrandar la de tiempo debería aumentarla; lo que ves es únicamente lo que queda después de que las dos se hayan cancelado.
El acuerdo internacional de la yarda y la libra de 1959 fijó la milla por hora en términos métricos, y en las unidades de esta página eso sale a 0,44704 m/s. La definición es exacta por convenio, no por medida: no se midió y no se puede afinar midiéndola mejor. Y el decimal de arriba está entero, sin nada redondeado al final.
Antes de aquel acuerdo la versión estadounidense y la británica diferían ligeramente, y algunas cifras catastrales antiguas siguen arrastrando la definición vieja. Fuera de la topografía la diferencia queda muy por debajo de la precisión con la que trabaja nadie.
Casi nadie que trabaje en metros por segundo necesita millas por hora para sí mismo: la necesita para hablar con una fuente que solo entiende esa unidad. Un aviso del centro de huracanes estadounidense, la hoja de características de una máquina fabricada allí, un artículo dirigido a una revista anglosajona, una retransmisión de béisbol o de tenis. La cifra sale del cálculo en SI y se traduce en el último paso.
Conviene además saber dónde está señalizada de verdad, porque no es solo Estados Unidos y el Reino Unido: en Puerto Rico los límites de velocidad se señalizan en millas por hora mientras las distancias van en kilómetros, de modo que un mismo trayecto se lee en dos sistemas. Cuando la cifra convertida va a un texto para lectores concretos, saber cuál de las dos unidades les resulta natural importa más que el factor.
Para estimar: duplica los metros por segundo y suma un diez por ciento del resultado. 20 m/s dan 40 más 4, o sea 44 mph, frente a 44,7. 12 m/s dan 24 más 2,4, o sea 26,4, frente a 26,8. 3 m/s dan 6 más 0,6, o sea 6,6, frente a 6,7.
El atajo se queda un 1,65 % corto en todo el rango y siempre en la misma dirección, lo que lo hace seguro para juzgar si un viento merece preocupación y poco fiable para cualquier cosa que se publique. El factor es 2,236936..., una cifra que no termina, y 2,24 es la versión que conviene apuntar si quieres dos decimales sin abrir la calculadora: esa se pasa un 0,14 %.
Este es el fallo que la conversión de unidades tapa. La práctica europea, siguiendo a la Organización Meteorológica Mundial, informa el viento sostenido como media de diez minutos, y el Eurocódigo define su velocidad básica sobre esa base. El diseño estructural y los productos de aviso estadounidenses trabajan con una racha de tres segundos. Sobre el mismo tiempo atmosférico, la racha de tres segundos ronda 1,4 veces la media de diez minutos.
Así que una cifra europea de 27 m/s se convierte correctamente en 60 mph y sigue sin ser comparable con un viento de diseño estadounidense de 60 mph, porque una es media y la otra es pico. Si el número cruza de un sistema al otro para algo que importe —una hipótesis de carga, una comparación de emplazamientos, una afirmación sobre lo ventoso que es un sitio—, convierte la unidad y declara además el periodo de promediado. Las dos correcciones son independientes y solo una es aritmética.
La escala Saffir-Simpson que ordena los huracanes del Atlántico está definida en millas por hora, y el primer umbral —74 mph— son 33,1 m/s. Los partes en español publican ese mismo valor como 119 km/h, así que un lector hispanohablante se encuentra la escala traducida dos veces: de la unidad en la que se definió a la que usa el público, sin pasar nunca por la que produce el modelo.
La consecuencia es que las categorías tienen fronteras redondas en millas por hora y feas en todo lo demás, igual que los avisos marítimos las tienen redondas en nudos. Cuando una cifra de modelo en metros por segundo tiene que situarse en una categoría, el orden correcto es convertirla a la unidad en la que la escala fue escrita y comparar allí, en lugar de comparar contra la traducción al kilómetro por hora, que ya lleva su propio redondeo encima.
Cualquier hoja de características de un aerogenerador grande cita los mismos tres valores. La velocidad de arranque, a la que el rotor empieza a generar, ronda los 3 m/s — unas 7 mph, una brisa que apenas se nota. La velocidad nominal, a la que la máquina alcanza su potencia de placa, suele estar entre 12 y 15 m/s, o 27 a 34 mph. La velocidad de parada, a la que abandera las palas y se detiene para protegerse, suele ser 25 m/s, que son 56 mph.
Lo que sorprende al traducirlos no es ninguno de los tres sino la distancia entre los dos últimos: la máquina llega a plena potencia hacia las 30 mph y se para hacia las 56, así que todo su rango útil cabe dentro de lo que un parte estadounidense llamaría un día ventoso. Cada modelo tiene los suyos y la hoja manda, pero cuando aparezcan estarán siempre escritos en metros por segundo.
Una velocidad de viento sin altura asociada está incompleta, y las cifras en metros por segundo de los documentos europeos dan por supuesto el estándar meteorológico de diez metros sobre terreno abierto. El viento crece con la altura porque el suelo frena el aire que tiene encima, de modo que el mismo tiempo atmosférico produce un número mayor cuanto más arriba se mida.
Por eso el buje de un aerogenerador a 100 metros ve bastante más viento del que sugiere la lectura a 10, y por eso las evaluaciones de emplazamiento extrapolan en vez de usar la cifra del parte directamente. Al convertir a millas por hora se hereda la hipótesis de altura sin tocarla: si la comparación es contra una cifra estadounidense tomada a otra altura, la conversión no ha hecho comparables las dos y la unidad nunca fue el obstáculo.
La forma rápida de coger el tacto de la unidad es convertir velocidades para las que ya existe una referencia. Una recta de 95 mph en béisbol son 42,5 m/s. Un saque de tenis de 130 mph son 58 m/s. Un velocista en el tramo más rápido de los cien metros ronda los 12 m/s, que son 27 mph. Un paracaidista estabilizado boca abajo se queda en unos 55 m/s, unas 123 mph, cifra que se escribe en SI porque sale de la densidad del aire y de un área de arrastre en metros cuadrados.
Lo que fijan esos números es la escala de la unidad más que ninguna respuesta concreta: por debajo de unos 5 m/s se está en velocidades de paseo y brisa, entre 10 y 20 caben la carrera, la bicicleta y el viento serio, y por encima de 30 se entra en territorio de vehículos y temporales. La caída libre añade 9,81 m/s de velocidad cada segundo, o unas 22 mph por segundo, que es la mejor manera de sentir el tamaño del número.
Una velocidad de viento dada como número entero de metros por segundo es gruesa: cada escalón de 1 m/s son 2,24 mph, así que el valor real puede estar en cualquier punto de una banda de más de dos millas por hora. Escribir 55,9 mph reclama una resolución que la fuente nunca tuvo, y 56 es la versión honesta.
Cuando la cifra de origen sí trae decimales —una media medida de 8,4 m/s, una velocidad nominal de 12,5—, deja un decimal en la respuesta y ninguno más. El factor se conoce con todas las cifras que nadie va a necesitar, así que la precisión del resultado es enteramente una pregunta sobre la entrada, y la entrada suele ser la más basta de las dos.
1 m/s son 2,23693629205 mph. El valor es exacto y no está redondeado: la equivalencia de metro por segundo a milla por hora está fijada por definición.
No. El cálculo ocurre en tu navegador. Puedes desconectarte de internet y seguir calculando, que además es la forma más sencilla de comprobarlo.
Un mph son 0,44704 m/s. Es la misma relación leída al revés, así que un resultado de una página pasado por la otra tiene que volver al punto de partida.
Lo que esta página afirma sobre unidades de velocidad se puede comprobar: aquí están los documentos que lo fijan.
El factor está en la página como una constante y el cálculo son cuatro operaciones. No se envía nada ni se espera a nada: lo que escribes no sale del navegador porque no existe ninguna petición en la que pudiera viajar.