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Aquí puedes convertir ODP a PDF gratis y sin cuenta: suelta el archivo arriba y en un par de segundos tienes el resultado listo para descargar. El archivo viaja cifrado a nuestro servidor, se convierte allí y se borra en cuanto termina el trabajo.
Hasta 100 archivos a la vez. Mezclar formatos no es problema.
Se convierten uno tras otro y vuelven juntos en un ZIP.
ODP a PDF
Peor que un documento y peor que una hoja de cálculo, porque una diapositiva no tiene reflujo con el que absorber una diferencia. Abre un ODP en un ordenador que no tenga tu tipografía y cada cuadro de texto se recompone con un sustituto de anchos distintos: los titulares se parten en dos líneas, los pies se salen de su caja y lo que estaba alineado deja de estarlo.
Un PDF elimina la clase entera de problema. La maquetación se calcula una vez, antes de enviar, y lo que ve la sala es lo que viste tú, en un portátil de un salón de actos que no has tocado nunca. Ésa es toda la razón de convertir, y es una razón suficiente.
Conviene ser preciso aquí, porque es la única parte de la conversión donde algo puede moverse de sitio. El motor que hace el trabajo tiene instaladas las familias libres habituales —Liberation y Liberation 2, DejaVu, Noto, incluido Noto para escrituras de Asia Oriental— más Carlito y Caladea, que son clones de métrica compatible de dos tipografías de Microsoft muy extendidas.
La consecuencia práctica es concreta. Si tu presentación está compuesta con Arial, Times New Roman, Courier New, Calibri o Cambria, o si lleva las tipografías incrustadas dentro del archivo, la maquetación se mantiene: el sustituto ocupa el mismo espacio que el original y las líneas se parten donde se partían. Cualquier otra tipografía se sustituye en silencio y el texto se recompone. Si tu diseño depende de una fuente comprada o descargada, incrústala en el ODP antes de convertir o exporta desde tu propio equipo.
Todo lo que se mueve se queda por el camino, y no porque la conversión se descuide sino porque una página impresa no tiene ningún sitio donde guardar un instante. Una diapositiva que revelaba cuatro puntos uno detrás de otro llega con los cuatro visibles a la vez, y las transiciones entre diapositivas dejan de existir como concepto.
Si la aparición por partes es la que lleva el argumento —un esquema que se monta pieza a pieza, una cifra que se enseña después de hacer la pregunta—, la respuesta de siempre es duplicar la diapositiva en cada estado antes de convertir, de modo que el PDF tenga una página por paso. Es mejor hacerlo a propósito que descubrir el aplanamiento cuando el archivo ya está enviado. Con el vídeo y el audio incrustados la regla es más simple todavía: no cuentes con ellos, y si la charla depende de un vídeo, lleva tu propio portátil.
Esta conversión no acepta ningún ajuste de disposición: sueltas un ODP y lo que vuelve es la exportación de diapositivas, que es lo que se proyecta, lo que se adjunta para el público y lo que se ve bien en una pantalla.
Las otras dos disposiciones existen y salen de Impress, no de aquí. La de notas coloca cada diapositiva encima de sus propias notas de ponente y es la mejor referencia personal para dar una charla, imprimible y legible en un atril, sin depender de que la vista de presentador funcione en un equipo desconocido. La de documento pone varias diapositivas por página y es lo que se reparte después a quien no estuvo. Un archivo que necesite cualquiera de las dos es un trabajo para la máquina donde se hizo la presentación.
En buena parte del mundo hispanohablante el ODP no es un formato raro sino el formato normal. Las distribuciones educativas de varias comunidades autónomas y los equipos de muchos centros públicos vienen con LibreOffice instalado, y lo mismo ocurre en organismos públicos donde la política de formatos abiertos es una obligación escrita y no una preferencia. Un profesor, un funcionario o un técnico municipal produce ODP porque es lo que tiene delante.
El problema aparece en la frontera: la persona que recibe el archivo trabaja con otra suite, o con ninguna. Ahí el PDF es el terreno común, y convertir antes de enviar evita las dos peticiones que siempre llegan después, la de «no puedo abrirlo» y la de «se me ve descolocado». Al revés también vale: si lo que te ha llegado es un PPTX y tú trabajas con Impress, conviene convertir el original en lugar de una copia guardada por el camino.
Manda el PDF salvo que te pidan expresamente algo editable. No puede perder una tipografía, no puede fallar al buscar un códec y se abre en cualquier equipo de cualquier sala, lo que elimina de golpe la inmensa mayoría de los desastres de presentación.
Guarda el ODP como tu copia de trabajo. Y si la charla depende de una animación o de un vídeo, lleva tu propio ordenador: ningún formato garantiza que un vídeo se reproduzca en una máquina que no has visto nunca, y un PDF al menos es honesto en que ni lo intenta.
La mayor parte de este sitio convierte dentro de tu navegador y lo dice. Ésta no. Leer bien un formato de ofimática significa ejecutar una suite de ofimática entera, y eso no cabe en una pestaña, así que la presentación se envía por una conexión cifrada a nuestro servidor y se convierte allí.
Preferimos decirlo en una frase clara antes que dejar que lo supongas por el argumento general del sitio. De las conversiones que ofrecemos, la gran mayoría se quedan en tu equipo y ochenta y nueve pares no; éste es uno de los ochenta y nueve, y a partir de aquí lo que corresponde es contar exactamente qué le pasa al archivo allí dentro.
Cada trabajo abre un directorio temporal recién creado y sólo para él. El archivo se guarda dentro con un nombre fijo derivado de su extensión, así que el nombre que tenía tu presentación no llega a tocar el disco en ningún momento: si el archivo se llamaba «Presupuesto 2026 confidencial.odp», eso se queda en tu ordenador. Al terminar el trabajo el directorio entero se borra, y el borrado está escrito en una cláusula que se ejecuta también por todos los caminos de error, no sólo cuando todo va bien.
El contenedor donde corre la conversión no tiene salida a internet, de modo que no puede enviar nada a ninguna parte aunque quisiera. El resultado se te devuelve con la instrucción de no almacenarlo en caché, y en el despliegue no hay ni base de datos, ni almacén de objetos, ni sitio donde pudiera quedarse una copia. Lo único que se guarda es un contador de uso con dos campos, el día y el número de conversiones, sin dirección IP legible, sin nombre de archivo y sin identificador de navegador, y ese registro se borra solo alrededor de un día después.
El límite gratuito de esta conversión es de 25 MB por archivo, la mitad de la mitad de lo que aceptan las conversiones que corren en tu navegador. La diferencia es deliberada: una conversión local no nos cuesta nada y una de servidor sí.
En una presentación esos 25 MB los deciden casi siempre las imágenes. Un archivo lleno de fotografías de móvil a resolución completa llega al techo enseguida, y comprimirlas dentro de Impress antes de convertir es la vía más rápida de bajar de él. Hay además un detalle que conviene conocer: la zona de arrastre de esta página acepta archivos bastante más grandes porque aplica el límite general del sitio, así que un ODP de sesenta megas se sube y es el servidor el que lo rechaza. Mira el tamaño antes de esperar.
Sin cuenta, sin registro y sin marca de agua. El cupo son cien conversiones de servidor por visitante y día, con el día contado en horario universal, así que se reinicia a medianoche UTC y no a la tuya. Hay además un freno de ráfaga de cinco peticiones cada sesenta segundos, que existe para que una sola pestaña no monopolice el servicio.
Del lado del tiempo, cada paso del trabajo se corta a los sesenta segundos. Para una presentación normal eso es de sobra; para una muy pesada, cargada de imágenes grandes, es el motivo por el que conviene aligerarla antes en lugar de esperar a que el trabajo se detenga. Puedes soltar varias presentaciones a la vez y cada una vuelve como su propio PDF, todas juntas en un ZIP, sin unirse en un solo documento, porque decidir el orden sería una decisión tomada en tu nombre.
| ODP | ||
|---|---|---|
| Nombre completo | OpenDocument Presentation | Portable Document Format |
| Extensión de archivo | .odp | |
| Tipo de medio | application/vnd.oasis.opendocument.presentation | application/pdf |
| Compresión | — | Ambas, según el ajuste |
| Publicado por primera vez | 2005 | 1993 |
| Publicado por | OASIS | Adobe |
| Especificación | ISO/IEC 26300 | ISO 32000-2 |
| Licencia | Estándar abierto | Estándar abierto |
| Situación actual | Vigente | Vigente |
| Color que puede describir | — | RGB, CMYK, escala de grises |
| Se abre en el navegador | Ningún navegador | Todos los navegadores |
| Considerado en su lugar | PPTX | DOCX, HTML |
Una presentación se convierte en una página por diapositiva. Transiciones, apariciones y notas del ponente no tienen sitio en PDF; queda cada diapositiva tal como se ve cuando ha terminado de animarse.
ODP y PDF admiten varias páginas, así que un documento de varias sigue siendo un solo archivo.
PDF se abre en cualquier navegador actual. ODP llega a menos navegadores todavía. Si el archivo va a una página web o a un formulario, ese suele ser todo el motivo de la conversión.
Los programas de siempre no coinciden: ODP se abre en LibreOffice Impress y Microsoft PowerPoint, y PDF en Adobe Acrobat, Preview y LibreOffice Draw, así que quien reciba el resultado necesita alguno del segundo grupo.
Los dos apuntan a trabajos distintos: ODP a la edición y PDF a entregar un archivo terminado, la impresión y el archivado. Conviene sopesarlo antes, porque la razón de ser de uno suele ser la razón por la que el otro resulta incómodo.
ODP es el formato de OASIS, publicado en 2005. Está recogido en ISO/IEC 26300, y conviene conocerlo si el archivo tiene que sobrevivir a la herramienta que lo escribió.
PDF viene de Adobe y es de 1993, recogido en ISO 32000-2. Adobe Acrobat, Preview y LibreOffice Draw lo leen.
Sí: esta conversión necesita software que no puede funcionar en un navegador. El archivo viaja cifrado a nuestro servidor, se borra en cuanto termina el trabajo y el resultado a los 60 minutos. El trabajo lo hace LibreOffice, la suíte ofimática completa, sin interfaz.
Sí, hasta 100 conversiones al día para archivos de hasta 25 MB. Ese único límite existe porque esta conversión se ejecuta en un servidor que pagamos nosotros. Por lo demás aquí no hay nada limitado, y marca de agua no hay en ningún caso. El límite existe porque LibreOffice necesita una máquina nuestra para funcionar.
ODP y PDF describen el contenido de maneras radicalmente distintas. La conversión es por tanto una reconstrucción y no una copia: fiel, pero no idéntica byte a byte. La maquetación se reproduce con tipografías de reemplazo de métricas equivalentes. Las macros, los comentarios y el control de cambios no viajan.
Una presentación se convierte en una página por diapositiva. Transiciones, apariciones y notas del ponente no tienen sitio en PDF; queda cada diapositiva tal como se ve cuando ha terminado de animarse.
Lo que esta página afirma sobre ODP y PDF se puede comprobar: aquí están los documentos que lo fijan.